El salvaje erotismo de la rutina deprava las yemas de mis dedos cada vez que apago el despertador. Me olisquea durante el desayuno: ella es café por el placer de deslizarse por mi esófago; se arropa en mis intestinos y me besa. Suspira en mi ombligo, lame mi vientre. Me promete, entre susurros exasperados, estabilidad y seguridad.

Me preparo para copiar inútiles artículos del código civil, y dejo que el bolígrafo pase su lengua por el folio, dejando un rastro de tinta azul. Mientras, la rutina pasa la suya por mi rostro, esculpiendo con saliva sus leyes en mis ojeras.

A la hora de comer, no sé si soy yo la que mastica la carne o si es ella la que me desmenuza a mi. Primero me cata y me mordisquea delicadamente una oreja. Me gusta como lo hace, hasta que -¡Ay!- ¡Me ha mordido un hombro!

A medida que avanza la tarde, desaparezco. Me falta un dedo, y me ha arrancado de un mordisco el brazo derecho. Lo hace bien: me gusta mucho sentir como me engulle, el tobogán de su esófago me resulta muy divertido. Además, me siento tan segura entre las paredes de sus intestinos... En la cena, solamente me queda el antebrazo izquierdo y un trocito de mi cuello. Sobre su plato, que no tarda en devorar.

Por la noche, ella quiere hacer el amor. Todavía no sé a quién; yo ya no existo. Seguramente, terminará por masturbarse. 
El cielo surca mi estómago
a unos 800 km/h aproximadamente

Monarca de los idiotas

Empapada en alcohol
trepo por tu garganta,
me clavo en tus cuerdas vocales
para, finalmente, encumbrarme exhausta en tu boca.

No deberías dejar que te corone tan fácilmente.
Soy una solemne tontería,
y tú el idiota soberano.
Y, ¿Quién será ahora tu pueblo?
Mujer dorada, cuando te retuerces eres un saxofón. Si soplo a través de ti, somos música.
1. La brisa marina revolvía la melena de Raquel mientras conducía plácidamente el barco entre las olas del océano Atlántico. 

2. La brisa marina revolvía la melena del barco mientras conducía plácidamente la ola entre las Raqueles del océano Atlántico.

3. Las olas revolvían la brisa marina de los barcos mientras conducían plácidamente el Atlántico entre las melenas del océano Raquel.

4. El océano Atlántico conducía plácidamente las olas entre los barcos mientras la melena de Raquel revolvía la brisa marina.
                                                                                                               Sentido
                                                                    Irrelevante
                    Innecesario
                                                                              Superfluo
                                                                                                                   Cebolla.
                                              Tengo un pony con plumas rosas que vomita purpurina
    

Quiero que me compres más vestidos y zapatos bonitos
                                                                                               

                                                                      我已经肿胀的舌头,因为我过敏的猕猴桃

                           oh!
Odio esa poesía que haces
sobre cúpulas de cristal,
sobre amor entre árbol y enredadera,
sobre flores y primavera.

Creo que es violenta y desagradable.
Victimista y ególatra. Por eso

quiero que sepas
que tu bóveda multicolor ha estallado.
Sus virutas de vidrio se han clavado en mi pecho
y ahora estoy llena de llagas.

También quiero que sepas
que tu enredadera asciende lentamente por mis piernas
incrustando más profundamente cada viruta.
Arrastra hasta mi cara margaritas y cristales.

Mírame, soy una bonita y luminosa vidriera.
Si estiro así los brazos soy
algo así como un Jesucristo en Technicolor. 
Hubo un tiempo en el que éramos los mejores malabaristas de la ciudad. Jugábamos con emociones, lanzándolas al aire y arrastrándolas de vuelta con los dientes. 

Éramos los domadores. La piel se doblegaba ante nosotros con sólo un par de miradas atroces.
Éramos los leones. Nuestras garras arrancaban cada revestimiento de pudor.
Éramos espectáculo.

Eso fue lo que escogimos: el olor de la humedad, su textura en nuestras manos. El resbalar de tus palabras entre mis dedos. Mi rabia clavada en tu cuello. Saturar todos los sentidos, rezumar demencia por cada poro de nuestra piel.

Equilibristas en el fino hilo del pesimismo, eso es lo que somos. Caer al vacío antes o después no era un riesgo, era una obviedad. Claro que, la carne tiene un precio; y la opción más razonable en este circo de castigos y recompensas siempre fue la de matarnos. 

Rester ou repartir, ou bien choisir la disparition

Los momentos caen los unos sobre los otros,
cubriéndolo todo menos a ti. 
Como siempre, dejaré que vuelvas y me beses,
lentamente,
hasta que sienta tus afilados colmillos perforar mis labios.

Melodía desencadenada

Cada uno de tus larguísimos cabellos parece declarar la guerra a todos los demás, trazando líneas paralelas, líneas que se cruzan, destinos trenzados, para acabar convirtiéndose en un caótico pentagrama en blanco.
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Puedo componerte.
Puedo ser tu clave de Sol, y si eso te parece demasiado, me conformaré con un Re. Eso sí, menor.
Puedo ser el violín que exprima tu melodía.
Puedo perder el compás cuando me miras. O la cabeza.

Juntas podemos ser la más brillante de las sinfonías. Desataremos todas las emociones imaginables,  hasta el punto en el que no sabremos si son reales o no. Me gritarás, y te miraré indiferente, hasta que me odies tanto que necesites besarme para no morir. Tus corcheas rasparán mi vestido viejo, y cuando finalmente caiga abatido al suelo, hecho jirones, tus avergonzados silencios ocuparán su lugar. Lloraremos de rabia, reiremos a carcajadas, te idolatraré, beberás de mis ojos verdes hasta cambiar el color de los tuyos. Serás mi melodía desencadenada.

Y cuando todo acabe, aplaudiremos hasta que nos sangren las manos.

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Definitivamente tú y yo somos de esas líneas que llaman paralelas. Aun así, sigo rezando para que una ráfaga de viento revuelva tu oscurísima melena y nos entrelace. Mientras tanto, seguiré soplando.

Poesía

Las horas se acumulan y tú sigues sentada en la alfombra con la mirada perdida y la boca entreabierta. Ya han pasado tantas que se empiezan a amontonar en una esquina, desprendiendo un desagradable olor a putrefacción.

¿Qué es poesía? Dices mientras clavas tu pupila en mi pupila dilatada azul
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? Poesía es autodestrucción.
Poesía eres tú.

Las horas ya inundan toda la habitación, y sin darte cuenta, ya han pasado dos años y tú sigues inmóvil entre cuatro paredes llenas de mierda. Las sobras de los últimos días navegan entre las cuerdas de la guitarra, enredándote entre ellas.

¿Qué es poesía? Dices mientras clavas tu pupila dilatada en mi pupila azul
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? Poesía es morfina.
Poesía eres tú.

Acaricias la guitarra, y las notas empiezan a tejerte un abrigo. La melodía acorrala tus años muertos, comprimiéndolos en su esquina inicial. Improvisamente, éstos estallan en miles de horas, millones de minutos, e infinitos momentos.

¿Qué es poesía? Dices mientras clavas tu pupila triste en mi pupila azul
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? Poesía es pasado.
Poesía eres tú.

El espectáculo de imágenes y sonidos alquila tu habitación, rascando toda la mugre. Bueno, no, fíjate un poco mejor. Está hurgando entre ella, liberándola de las paredes de la habitación para que se incruste en las de tus arterias.

Los momentos que antes te envolvían ahora rodean tu cuello, asfixiándote entre todos los recuerdos que se introducen por tus poros. Son termitas, y tú no eres más que un mueble viejo.

Voy a abrir la ventana y respirar. Voy a largarme de aquí, porque no creo que la poesía sea ni autodestrucción, ni morfina, ni pasado. Y mucho menos tú.

Noviembre.

El mes muerto. La ciudad está apagada, y Violeta también. Su característico verde marihuana se difumina con el paisaje marrón, para acabar convirtiéndose en una hoja seca más tirada en el suelo de la gran ciudad.

microrrelatos

Había una vez un cactus que vivía en el desierto, rodeado de arena. Este cactus aparentemente feliz tenía un grave problema: estaba enamorado de una nube; pero las nubes nunca pasaban, y el pobre cactus estaba muy solo.
Un día, de repente, apareció una nube en el horizonte. ¡El cactus se hubiera puesto a saltar de alegría si hubiera podido!
La nube se posó encima suyo, y empezó a llover. ¡Nube, te quiero, te quiero!- gritaba. No cabía en sí de gozo.

Obviamente murió ahogado.